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Que no nos lleve puestos la revolución

By Albino Juan Bazzanella de Buenos Aires city, Argentina

A lo largo de la historia, la humanidad atravesó diferentes revoluciones que modificaron sustancialmente la vida en sociedad. Desde la revolución agrícola hasta las revoluciones industriales de occidente, pasaron miles de años. Cada revolución tuvo ganadores y perdedores, situación justificada en el concepto de “destrucción creadora”,  comúnmente atribuido al economista Joseph Schumpeter. Según él, el proceso de innovación  en una economía de mercado hace que los nuevos productos destruyan viejas empresas y modelos de negocio. Schumpeter no aclara quien se ocupa de los daños y de las víctimas que causa dicha destrucción. Fueron movimientos políticos de fines del siglo XIX y del siglo XX quienes dieron respuesta a esta situación.

Hoy, estamos viviendo la revolución digital, la más veloz jamás conocida y cuyos profundos efectos comienzan a verse a nivel mundial. Como no será la excepción, esta revolución destruye y destruirá muchos modelos de negocios y su influencia en el trabajo será muy profunda.

Francisco Mochón, miembro del Consejo Asesor de U-tad, en un artículo publicado en “ElEconomista.es” (3/11/2014) sostiene que “El motor de la innovación, la competitividad y la creación de empleo está en el mundo de las aplicaciones, los servicios y los contenidos digitales. Una muestra de ello es que este sector está creciendo por encima del 10% anual. La economía digital es transversal a todos los sectores y es la base de la profunda transformación que está experimentado la economía mundial, permitiendo transformar las organizaciones y modelos de negocio, capitalizando las ventajas que ofrecen las nuevas tecnologías. Esta revolución ha cambiado la forma en que nos relacionamos y nos comunicamos, cómo compramos y vendemos, cómo fabricamos o trabajamos y cómo enseñamos y estudiamos”.

Otro factor que influye seriamente a agravar la situación es la globalización mal entendida, la que en su cara práctica poco tiene que ver con los argumentos de los teóricos de un mundo más pequeño por estar híper conectado y donde todos saldríamos ganado de las interrelaciones a nivel mundial. En la práctica, esta globalización significa el cierre de industrias por su deslocalización de sus países de origen a otros donde los asalariados trabajan a destajo por un puñado de monedas, donde las industrias nacionales deben competir con productos comercializados en condiciones que no son de mercado. Esta situación da trabajo a países donde el derecho laboral, bien entendido, no existe, y deja en la calle a millares de personas en otros países, cuyos gobiernos no saben, no pueden, no quieren encontrar soluciones de fondo.

En efecto, la Organización Internacional del Trabajo (“OIT”) anualmente redacta el informe “Perspectivas sociales y del empleo en el mundo – Tendencias 2017 (WESO)”. En un artículo aparecido el 12 de enero de 2017 en la sección de noticias del sitio web de la OIT se destacan los resultados más importantes de dicha investigación. Literalmente, se sostiene que “En 2017, se prevé que el número de personas desempleadas a nivel mundial se sitúe en poco más de 201 millones – con un aumento previsto adicional de 2,7 millones en 2018 – ya que el ritmo de crecimiento de la fuerza de trabajo supera el de la creación de empleo” {…} Los autores advierten además que los desafíos del desempleo son particularmente graves en América Latina y el Caribe, donde las cicatrices de la reciente recesión tendrán un importante efecto de arrastre en 2017, así como en África Subsahariana, que registra su nivel de crecimiento más bajo en dos décadas. Ambas regiones enfrentan un fuerte aumento en el número de individuos en edad de trabajar”.

En el mundo del trabajo en Occidente, la situación aquí planteada afecta a dos grandes grupos de trabajadores y profesionales, los jóvenes y los “viejos”. Si quieren tener una posibilidad de trabajo, millares de jóvenes ya no deben estudiar siguiendo su vocación, sino que deben volcarse a aquellas carreras que HOY son requeridas por el mercado. Pero claro, las economías no crecen a una tasa necesaria para absorber a esa mano de obra fresca y que está dispuesta a trabajar a cambio de bajos salarios. Por lo tanto, millares de jóvenes ven frustrados sus planes de programar su futuro pues no cuentan con ningún tipo de certeza. En el otro extremo etario, los “viejos” (mayores de 45 años, por poner una edad) pertenecen al mundo de la máquina de escribir, al teletipo, al fax, se formaron en otra cultura del trabajo, el trabajo lo era todo, soportaban muchas cosas en pos de llevar un salario digno a casa. Hoy pareciera que sus cerebros sufrieran artrosis como los huesos, aunque se alarga la vida gracias a los avances de la medicina y a ciertas nuevas costumbres para conservarse “en forma”. En este sector, también se verifica una situación desesperante: trabajan duro hasta la edad que el mercado considera suficiente y luego les cuesta reinsertarse en el mundo laboral, faltándoles varios años para alcanzar la meta de una merecida “jubilación”, que los hará gozar de los frutos de tantos años de trabajo y quedan boyando, en un clima de frustración y en muchos casos sufriendo crisis de familia pues el mundo se desmorona cuando no hay dinero, no ya para seguir consumiendo como antes sino solo para sobrevivir.

Ante este escenario, donde las personas son conscientes de esta situación, el mercado les ofrece convertirse en emprendedores. Lo siento mucho pero emprendedor se nace. Con el tiempo podrá adquirir herramientas para mejorar su performance y convertirse en empresario. En un sistema como el argentino, encarar un emprendimiento implica dinero, contactos, saber cómo eludir ciertas obligaciones (atención que eludir no es lo mismo que evadir, de eso también hay mucho) y estar justo cuando comienza una ola, es decir, no es lo mismo emprender bajo un sistema proteccionista que en un sistema “abierto”. Además, muchos recomiendan no emprender en áreas donde uno no tiene experiencia, “toda de oído”.

También existen miles de cursos de todo tipo que las personas encaran con el noble objetivo de que les sirva a mejorar su perfil dentro de su trabajo o como postulante. En esto tampoco hay certezas, no todos enseñarán lo mismo aún sobre el mismo tema y muchos importarán teorías del mundo anglosajón que sabemos perfectamente que no son aplicables a nuestra realidad.

Por mi experiencia de trabajo y de vida, constato que hay miles de esfuerzos individuales sueltos en una pecera cada vez más chica, intentando pescar algo aunque los mejores peces son para los grandes pescadores. Estos esfuerzos diseminados para “ver qué pasa”, difícilmente consigan grandes resultados.

Pues entonces ¿nos sentamos a esperar el milagro?, ¿confiamos en la lotería?, ¿seguimos con la idea de que se salve quien pueda?. NO. Hay una frase hecha y remanida pero siempre vigente: la unión hace la fuerza, la fuerza hace masa crítica para sobrevivir y luego de sobrevivir, se podrá vivir y enfrentar las condiciones del mundo mejor parados. Hoy, a la unión de esfuerzos la llaman sinergia y a la fuerza para resistir se la llama resiliencia.

Según la definición de E. Chavez y E. Yturralde “La resiliencia es la capacidad que posee un individuo frente a las adversidades, para mantenerse en pie de lucha, con dosis de perseverancia, tenacidad, actitud positiva y acciones que permiten avanzar en contra de la corriente y superarse”. Pero claro, salvo un superhéroe, uno hace por uno y no puede salvar a todos.

 

No propongo ni la creación de nuevos sindicatos ni grupos de piqueteros de cuello blanco. Sugiero la creación de grupos interdisciplinarios que, en sesiones de tormentas de ideas, y sin intentar llevar agua al propio molino, porque agua no abunda y porque el intento daría por tierra con todo esfuerzo honesto de encontrar soluciones, traten de aunar esfuerzos para encontrar propuestas concretas y realizables para enfrentar la situación, viendo que puede aportar cada uno.

 

Espero que estas líneas ayuden a reflexionar en positivo y que los lectores no pierdan el tiempo buscando la trampa porque no la hay. Ya existen muchas trampas y casi todos antes o después caemos en ellas.

 

 

 

 

 

Perfil del escritor:

Albino Juan Bazzanella es abogado especializado en las áreas de derecho de las sociedades comerciales nacionales e internacionales, M&A, asociaciones civiles, fundaciones y contratos comerciales. Comenzó su carrera trabajando para el gobierno italiano en proyectos de cooperación económica internacional. De regreso a Buenos Aires, trabajó en estudios jurídicos de proyección internacional, asesorando empresas en temas del quehacer cotidiano hasta los grandes proyectos transnacionales. Actualmente, es asesor freelance.

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